Jamás comprendí a mi madre, pero sí a mi esposa. Con ella he compartido la incertidumbre de la crianza, el miedo a que algo les suceda a nuestros hijos y la duda constante de no ser los padres perfectos o adecuados proveedores de sus necesidades y deseos. Hoy que ya son adultos, esa preocupación y miedo aún persisten.
Ay, madre querida, no sabes cuánto… cuánto… Cuánto te entiendo ahora.