Parte 1
Origen de una extraña pasión
Desde que viajaba por el cosmos, allá por la galaxia Z39 y el planeta XO, mucho antes de aterrizar en la panza de mi madre… Ella, junto a mi padre, tenían un árbol genealógico inclinado al buen comer; así heredé —por pura genética cósmica— esta extraña pasión por los excesos gastronómicos y algo más.
Dos factores básicos de mi genética gastronómica fueron:
- Mi abuela paterna —gran cocinera—, casada con un guardia civil, quienes sirvieron al rey Alfonso XIII de España, antes del golpe de Estado de Primo de Rivera en 1923.
- Mi abuelo materno, a quien no conocí, fue un comerciante español de ultramarinos, vinos y licores, radicado en México y, según supe por quienes lo conocieron, muy conocedor de la buena mesa y de las bondades espirituosas.
Parte 2
La neuroasociación del disfrute
Mi genética cósmica, diseñada y calibrada especialmente para que mis cinco sentidos estallen cuando me encuentro con algo irresistible, funciona así:
- Mi vista brilla al evaluar formas y colores.
- Mi olfato se expande al detectar aromas atractivos, como un mensajero que anticipa el festín.
- Mi gusto trabaja de la mano con mi olfato; juntos, acompañados por mi vista, son celestinas que me empujan al placer.
- Mi tacto detecta las diferentes texturas y temperaturas, factores indispensables para el disfrute.
- Mi oído capta todos los sonidos del placer, influyendo en toda mi experiencia sensorial.
Parte 3
El festín final: donde el cosmos se vuelve sabor
Con semejante herencia genética y mis sentidos calibrados a máxima potencia, mi vida se convirtió en una búsqueda incansable del bocado perfecto. He probado néctares de nebulosas que saben a recuerdos olvidados y crujientes meteoritos de chocolate amargo en lunas lejanas.
Sin embargo, entendí que el verdadero festín no está solo en la cantidad, sino en la intensidad del momento. Cuando me siento a la mesa —ya sea en la Tierra o en mi cosmos imaginario—, no solo como: experimento. Un queso curado me cuenta la historia del prado, y un vino intenso me narra la pasión del viticultor.
He aprendido a confiar ciegamente en este instinto cósmico. Cuando mis ojos brillan ante lo irresistible, mi olfato se expande y mis oídos escuchan el crujido perfecto, sé que no hay engaño posible. Es la verdad absoluta del placer, un instante donde la genética de mis abuelos y la energía del universo se fusionan en mi paladar o en mis sentimientos. Por eso sigo explorando, saboreando y disfrutando, porque sé que en esa conexión sensorial directa nunca me equivoco.
Moraleja
Donde reposan la vianda y el amor
Un viejo y sabido refrán dicta:
«Donde reposan la vianda y el amor, el juicio no yerra.»
Traducido a esta experiencia cósmica significa que, en los aspectos más íntimos, instintivos y cotidianos de la vida, la intuición y la experiencia sensorial directa son infalibles.
A diferencia de los negocios o la política, donde las apariencias engañan, la mesa —el gusto, el olfato, la convivencia— y el lecho —el tacto, la pasión, la intimidad física— revelan la verdadera naturaleza de las cosas y de las personas.