La verdadera amistad es desinteresada y perdura aún en la distancia; en ella encontramos reciprocidad, lealtad y la picardía de la complicidad. Los amigos alimentan nuestra vida con anécdotas y nos enriquecen con una historia compartida. Como decía mi padre: «Venimos a la vida a sumar amigos y, si siembras amistades en tu andar, serán para ti un cobijo, como lo es un árbol para un ave».
El equilibrio perfecto de la vida está en aprender a ser, según el momento, tanto el árbol como el ave.
Los que ya partieron
Aquellos amigos que ya partieron, y en el recuerdo acompañan mi camino, los llevo en el corazón. Ellos alimentan mi espíritu con los acontecimientos y anécdotas de su amistad y compañía en vida. Para ellos, mi gratitud por siempre.
Los amigos intermitentes
Son los amigos que esperan a la vuelta del tiempo, aquellos con quienes retomamos el hilo exacto donde quedó suspendido, sin que importe el polvo acumulado en el calendario o la distancia. Su presencia no depende de la prisa ni de la rutina diaria; late en silencio, a pesar de los años y los rumbos distintos, como una brújula que siempre apunta al mismo puerto seguro.
Son la certeza incondicional en medio del ruido, un refugio donde no hacen falta las palabras cotidianas porque la amistad profunda ya conoce de memoria el afecto, librándonos del peso de tener que estar cerca para saber que estamos.
Sobre los no amigos
Tarde o temprano, el destino nos alcanza y nos enseña que en el ocaso no hay tiempo para el rencor, solo para la memoria. Son las vivencias las que le dan verdadero significado a la vida, transformando a veces las antiguas rivalidades en nuevas amistades o en simples anécdotas. Las personas que se cruzan por nuestro camino siempre dejan una huella. Aquello que en su momento pareció un obstáculo insuperable, con los años se convierte en la experiencia que nos dio carácter y dirección.
Al final, aferrarse a las viejas heridas solo nos roba la paz; desprendernos del orgullo nos permite sanar y evolucionar hacia una reconciliación profunda con nosotros mismos.
Es preferible ser libre como el ave y robusto como el árbol, que prisionero del propio rencor.