I
El eco de la guerra y la sangre viajera
Nací con el mapa del mundo tatuado en mi herencia. Mi padre, Salvador, un hombre formado por el hierro y el fuego, fue un niño de la Guerra Civil Española forzado al exilio. Cruzó el Atlántico sintiendo el frío de los campos de refugiados en Francia y la incertidumbre del destino, antes de ser acogido por México, su nueva patria, gracias a la mano solidaria del tío Antonio, quien les brindó a él y a sus hermanos, Baltazar y Florencio, el refugio definitivo.
Él traía en la mirada la urgencia de vivir y la libertad de quien ya lo ha perdido todo. Aquí, en tierras mexicanas, se unió a Victoria, mi adorada madre, hija de españoles. Juntos forjaron un hogar tradicional, de aquellos donde el amor y la familia son la única brújula.
De esa unión de resistentes nacimos cuatro: Rosario, Dulce, Victoria y yo, el varón de la familia, heredero de un espíritu rebelde y libre.
II
Heredero del horizonte
Rebelde y aventurero por naturaleza, sentí la necesidad de comerme el mundo, de recorrer cada kilómetro con la misma pasión viajera de mi padre; de él heredé su profesión y su alma nómada y bohemia. Anduve por México de norte a sur, cruzando fronteras invisibles hacia Estados Unidos, Centroamérica, Sudamérica y el Caribe. No fue solo caminar: fue sentir el calor de la gente y el valor de sus tradiciones. En esa búsqueda de identidad entre culturas, recorrí carreteras de paisajes maravillosos, entre cálidos atardeceres y gélidos amaneceres; una andanza donde el destino, ese viejo sabio, me tenía preparada la mejor parada.
III
El regalo de la vida
En mitad de mis andanzas, la vida me regaló una pausa definitiva: el amor. Durante un desfile cívico en Comitán, Chiapas, conocí a Natividad, una hermosa chica de fortaleza espiritual y delicada timidez, quien, con la sabiduría del tiempo, se convirtió en mi compañera de vida. Ella entendió mi espíritu viajero y lo convirtió en un hogar compartido. De nuestra unión nacieron Andrea y Salvador, los hacedores de mi orgullo.
IV
El legado del amor
Hoy, al mirar hacia atrás, veo que el viento de mis viajes me ha regalado una riqueza invaluable que se cristaliza con creces.
- Salvador, un hijo admirable, que vela por su prójimo cuidando la salud de quien lo necesita, con una convicción férrea y una vocación de servicio que pocos pueden alcanzar.
- Andrea, una hija maravillosa, hoy casada con Ernesto, un excelente ser humano. Ella es psicóloga de profesión en el ámbito educativo; con ética y empatía, cuida diariamente de la estabilidad emocional y el equilibrio de muchos niños en una prestigiada institución escolar de nuestro querido Puebla.
- Sofí y Ernestito, mis nietos: dos luces inmensamente creativas, hermosas, sensibles y amorosas, que son mi adoración y la continuidad de la estirpe.
V
Vuelo final
Esto soy: el hijo de un guerrero, el viajero incansable, el padre orgulloso, el abuelo consentidor… siempre enamorado de aquella hermosa chica del desfile y maravillosa compañera de esta larga aventura.
Este es mi tesoro, el mayor logro de mi historia.
Gracias a Dios, a la vida y al universo por permitirme disfrutar del camino y llegar a este hermoso puerto… Alimento de mi alma y mi espíritu.