Nació en 1928 y partió a su último destino en 1990, sin más equipaje que —el mapa del mundo tatuado en su herencia—.
Mi padre, Salvador, un hombre formado por el hierro y el fuego, fue un niño de la Guerra Civil Española forzado al exilio. Cruzó el Atlántico sintiendo el frío de los campos de refugiados en Francia y la incertidumbre del destierro, antes de ser acogido por México, su nueva patria, gracias a la mano solidaria del tío Antonio, quien les brindó, a él y a sus hermanos, el refugio definitivo.
Él traía en la mirada la urgencia de vivir y la libertad de quien ya lo ha perdido todo. Aquí, en tierras mexicanas, se unió a Victoria, mi adorada madre, hija de españoles, forjando un hogar tradicional, de aquellos donde el amor y la familia son la única brújula.
De esa unión de resistentes, nacimos cuatro: Rosario, Dulce y Victoria; y yo, el varón de la familia, heredero de un espíritu rebelde y libre.
Gracias, padre, por tu maravillosa herencia.