Más allá de los anhelos de juventud y los espejismos triviales de la vida, queda aquello que da la espalda a la cordura, y se hace indispensable; por ello, necesito expresar en estas líneas lo que desde siempre me fascina.
Es lejana la imagen en la que aquel resplandor inevitable de la vida cruzó de manera impredecible tu destino con el mío, haciendo de nuestros caminos la fusión perfecta de mil fantasías.
Tengo grabado en la memoria el recuerdo de aquel brillo imaginado de tu timidez y cercanía, siempre adornada con inocente picardía; un chispazo que ha continuado y mutado con los años, brindándome hoy una dulce sensación de placer y melancolía.
Amo esa tibia sensación que el tiempo, lejos de borrar, ha transformado en una llama que hoy perdura en mi presente.
Fomentando esas quimeras que guardo desde hace años, fui testigo de tu sutil evolución. Persistes en mis sueños como una mujer plena, pero conservas esa misma timidez y picardía de antes. Eso me brinda la delicia de tus brazos e impregna en mí el aroma de tu belleza que perdura y mi imaginación fascina.
Obsesión sublime que ha dado sentido a mi historia y activa mis sentidos, pero el futuro se torna incierto, pues no sé si seguiré teniendo el regalo sutil de tus encuentros.
Recorriendo la evocación de nuestro destino, me encuentro un torbellino de intensas fantasías sobre vivencias y satisfacciones —también desencuentros, los menos—, pero esos no cuentan en mi idílico inventario de sutilezas que aún existen en mi mente.
Aunque al final esta sensación desaparezca, me resultaría intrascendente, pues perdurará por siempre en mi memoria, el ficticio sabor de tu presencia.
“Gracias por detenerte en mis versos. Prestar tus ojos a esta lectura es el mejor final que un poema podría desear.”
