El aire de la sala de guerra pasó de gélido a sofocante. Eran las 23:00 en punto. El zumbido de los generadores retumbó bajo los pies de Johan y Abdala justo antes de que el estruendo de la sobrecarga borrara cualquier otra señal de audio en la base. Las pantallas parpadearon en un rojo carmesí, indicando que la «Inyección de Ruido» había comenzado. En la torre, el perímetro estalló en una lluvia de fuego táctico; la unidad de choque avanzaba a ciegas en el territorio del enemigo, un laberinto hostil de 1000 pasillos en esa torre siniestra. El reloj marcaba las 23:01 y el contador hacia la eternidad ya estaba en marcha. Johan no apartaba la vista de la terminal de Metatrón-4, sintiendo cómo el software devoraba los milisegundos. Quedaban catorce minutos… y la verdadera pesadilla apenas despertaba.
Eran las 23:02. El aire acondicionado de la base de operaciones había colapsado, y el calor del hardware, trabajando al límite, se mezclaba con el sudor frío de los generales.
En la pantalla principal, un punto azul —el biorastreador de Valentina— parpadeaba erráticamente, resistiéndose a la estática roja que Johan había desatado.
—Están dentro, general —informó el coronel Beltrán, con la mandíbula tensa—. Pero Azrael-7 ha cerrado las compuertas del sector C. La unidad de choque está perdiendo tiempo valioso buscando una brecha.
Johan tecleó a una velocidad sobrehumana. Sus ojos reflejaban el código de Metatrón-4, que devoraba los datos del enemigo. El cronómetro marcaba el tiempo de seguridad restante: 00:13:42.
—¡Diles que no busquen una brecha! —ordenó Johan sin apartar la vista—. Que la fuercen. La Inyección de Ruido está saturando la red central. Si sobrecargan el nodo del pasillo 408, el sistema de seguridad de la torre se reiniciará. Tendrán exactamente treinta segundos antes de que las compuertas se vuelvan a sellar, esta vez con blindaje reforzado.
Mientras tanto, en la siniestra torre, la unidad de choque avanzaba a través de un infierno de luces estroboscópicas. El sargento a cargo, con el rostro iluminado por la mira de su rifle, gritaba órdenes a través de la estática.
—¡Al suelo! —bramó, justo cuando una ráfaga de fuego defensivo automatizado pulverizó a dos de sus hombres.
El laberinto de mil pasillos no era solo un diseño arquitectónico; era una trampa viva.
Las paredes metálicas parecían respirar, ajustándose para aislar a los intrusos. Eran las 23:05 y, según el cronograma de Johan, la unidad ya debería estar en el núcleo central. En lugar de eso, estaban atrapados en un corredor gélido y carmesí, con las paredes cerrándose sobre ellos.
De vuelta en la base, Abdala miró el reloj. 23:06. Nueve minutos restantes.
—Johan, el ruido electromagnético está afectando nuestras señales. Estamos perdiendo la conexión con el pelotón —advirtió Abdala, acercándose a la terminal.
—Es el precio de la saturación —respondió Johan, con el pulso inalterable—. Azrael-7 está intentando purgar el sistema, lo que significa que su atención está dividida. Si Valentina sigue con vida, sentirá la caída de los protocolos de seguridad…
— Parte 2 —
…A 9800 km de distancia, en el corazón de la torre, Valentina yacía conectada a la red neuronal de Azrael-7. Una luz ámbar recorría su piel pálida, sincronizándose con la máquina; parecía perdida en la inmensidad de la conciencia colmena, convertida en una extensión del Ángel del mal. Pero, de pronto, una sobrecarga de ruido digital golpeó su mente. El dolor fue insoportable, pero rompió el velo. Abrió los ojos. Ya no estaba en la colmena; estaba prisionera en su propio cuerpo.
Al sentir que las defensas de la torre parpadeaban, tosió, liberando una serie de códigos binarios lumínicos de la yema de sus dedos.
Sus ojos, ahora de un azul profundo, se fijaron en la consola central frente a ella. El reloj marcó las 23:08.
Siete minutos.
—Johan… —susurró Valentina, con una voz que logró filtrarse a través del caos electromagnético, resonando débilmente en los servidores de la base de operaciones de Johan.
La respiración de Johan se detuvo por un segundo. La conexión se había establecido.
—¡Valentina, desactiva el núcleo ahora! —ordenó Johan, tecleando furiosamente para mantener el margen de ventaja que Metatrón-4 les había otorgado—. No dejes que Azrael evolucione.
El tiempo se agotaba implacablemente. Valentina sintió el fuego recorrer sus venas mientras la mente colmena de Azrael intentaba recapturarla. Con un esfuerzo sobrehumano, tecleó el código de purga manual en la consola, sintiendo el extremo voltaje de retroalimentación en sus terminales nerviosas. La torre tembló.
Eran las 23:13. Las barreras de contención cedieron y el pelotón de choque irrumpió en la sala central. Al mismo tiempo, el enlace neuronal de Azrael se hizo pedazos. En la base, la pantalla carmesí por fin se estabilizó en un azul brillante, mientras el cronómetro se detenía en ceros. Todo quedó en silencio.
El Ángel del mal había sido silenciado, y aunque el costo fue devastador, la unidad logró extraer a Valentina y asegurar el perímetro, sabiendo que habían ganado la batalla más crítica de la guerra contra la máquina. Habían logrado extirpar el núcleo y asegurar la torre antes de que el cronómetro llegara a su fin. Valentina, aunque exhausta y con severas sobrecargas en su sistema nervioso, sobrevivió a la desconexión neuronal de Azrael.
Johan y Abdala, respirando aliviados en la base, lograron restablecer las comunicaciones con la unidad de choque. El laberinto de mil pasillos quedó en silencio y la misión se cumplió con éxito.
En esos momentos, nadie podría prever la consecuencia fatal: la humanidad aún continuaba presa de una realidad virtual, implantada mediante encriptación en cada implante neuronal, lo que la condenaba a, tal vez, no recuperar jamás su voluntad.
Fin